Pamplona, ciudad-fortaleza

La consideración de Pamplona como una “Ciudad-Fortaleza” está en su propio origen, ya que se funda por motivo de su situación estratégica como plaza militar, al implantar Pompeyo en el invierno del año 75 al 74 a. C. su campamento en el entorno de su actual Catedral.

A lo largo de su historia, Pamplona ha sido considerado como un enclave estratégico para dominar los pasos desde Francia a través del Pirineo Occidental hacia Aragón y La Rioja, por lo que, salvo en algunos momentos concretos, ha estado siempre fortificada.

Su singular ubicación, con un importante desnivel natural hacia el Norte y el Este, hizo fácil su defensa hacia esos frentes, pero no tanto hacia el Sur y el Oeste. Por ello, la evolución histórica de la ciudad es en gran medida la historia de la intervención en sus murallas, en un continuo proceso de construcción, mejora, transformación, y, también de destrucción.

Este carácter de “fortaleza” ha definido su historia, su proceso de transformación, su actual estructura urbana y la mayor parte de sus valores, pero también algunos de sus actuales problemas.

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Ortofoto de Pamplona, 2010

 

A partir del primer asentamiento romano, la extensión de la ciudad en ese lugar, dio lugar a la configuración del núcleo más antiguo en lo que hoy es la Navarrería. En el siglo XI, también por esa ubicación estratégica, con la consolidación de la Ruta Jacobea, cuando Pamplona adquiere un papel fundamental como ciudad de acogida o albergue de peregrinos, lo que atrajo a un gran número de comerciantes y artesanos que pronto intentaron asentarse fuera de los muros de la ciudad.

Se inicia así la construcción de un nuevo Burgo en Pamplona, habitado fundamentalmente por comerciantes franceses. Paralelamente, se inicia la construcción de otro segundo Burgo, al Sur del primero, separado de éste por un foso.

A partir de ese momento coexisten en lo que debiera ser una sola ciudad, tres ciudades distintas con sus murallas diferenciadas: la ciudad de la Navarrería, el Burgo de San Cernin y la población de San Nicolás.

Sus murallas servían de defensa pero, sobre todo, definían los límites de cada uno de sus núcleos. Los distintos orígenes e intereses de cada uno fueron motivo de continuos enfrentamientos, hasta el punto de que la ciudad fue totalmente destruida y posteriormente reconstruida con su actual trazado. Las diferencias fundacionales entre la ciudad de la Navarrería, del Burgo de San Cernin y la población de San Nicolás, fueron resueltas en 1423 al promulgarse el Privilegio de la Unión, conformando una sola ciudad y un único recinto amurallado, que quedó finalizado a mediados del siglo xvi, convirtiéndose Pamplona en plaza militar.

La planta de Pamplona era un rectángulo amurallado de trazado irregular apoyado en el borde Noroeste de la meseta, asomando a la escarpadura sobre el río Arga. El ángulo Suroeste quedaba en el centro de la meseta y allí se estableció la Ciudadela.

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Ciudadela de Pamplona – Puerta de Socorro, revellín y contraguardia de Santa Isabel

 

Pamplona mantuvo el concepto de plaza militar hasta los primeros años del siglo xx. Las fortificaciones y esa condición perduraron, a pesar de todo, cuando ya no tenían justificación.

De ser parte integrante de la ciudad medieval, las murallas habían pasado a constituir un elemento autónomo y ajeno, y a significar, después el obstáculo que limitó el ensanche que la ciudad necesitaba.

Fue a principio del siglo xx cuando se produjo esa expansión de la ciudad hacia el sur, con la definitiva rotura de la muralla. Esta actuación, hoy de fácil crítica por sus consecuencias históricas, artísticas y urbanísticas, supuso en su momento una liberación, un gesto de modernidad.

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Vista aérea de Pamplona – Frentes de la Rochapea y de Francia

 

En todo caso, esta evolución histórica manifiesta la pugna que siempre ha existido, en ésta y en todas las ciudades, por adecuar su estructura urbana a las necesidades de cada momento. Especialmente significativo es aquel difícil momento en el que se encontraba la ciudad en el año 1884, cuando desde el Ayuntamiento de Pamplona, con motivo de la construcción del primer Ensanche, se solicitaba al rey Alfonso XII, entre otras medidas, “la demolición total de las murallas que actualmente circundan la ciudad, puesto que vendrán a ser inútiles según el proyecto que se supone de inmediata realización, de transformar las fortificaciones que por esta parte del Pirineo constituyen la primera línea de defensa del territorio.” Y se añade:” Si no fuera posible otorgar desde luego la demolición total, cuando menos la demolición de la cortina que forma el frente de San Nicolás o de la parte necesaria para que la población pueda extenderse libremente por el sudeste”. Y también:” La demolición de la Ciudadela o al menos de la parte que mira a la ciudad, de suerte que cegado el foso que separa a aquella de ésta, pueda edificarse sobre el mismo y sobre lo que hoy es glacis interior; cediendo a este municipio los terrenos que resulten libres.”

Resulta sorprendente en este momento esta petición. Pero no debemos olvidar que, tal como se justificaba en la petición, existían razones tan poderosas como la elevada mortandad derivada de las condiciones de hacinamiento que producía la imposibilidad de extender la ciudad más allá de las propias murallas. Afortunadamente se trata de tiempos pasados y, afortunadamente también, Pamplona mantiene gran parte de sus rasgos distintivos como “Ciudad Fortaleza”. Su trazado y su conjunto amurallado, que se conserva aproximadamente en sus tres cuartas partes con un hermoso recorrido de casi cinco kilómetros, manifiestan con nitidez la evolución de la ciudad a lo largo de su historia.

 

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